Ada Levy y yo

16.02.2017

Estos días Ada me ha regalado una nueva alegría, algo que me ha ayudado a constatar que muy pronto la traeré de vuelta. Puede que el año que viene. Quizá el siguiente.

Son años duros para la literatura. Hemos pasado (aún pasamos) por una etapa en la que los libros permanecen en los estantes de las librerías seis meses como mucho, una mala racha que provoca que, dos años después, esos libros ya no estén en ningún sitio. Imaginad mi sorpresa cuando recibí en casa una nueva edición de Cómo matar a una ninfa, en formato pequeño, bajo el sello DEBOLS!LLO. El que hasta ahora ha sido mi sello.

Le debo tanto a Ada, le tengo tanto cariño, que por eso he decidido compartir con vosotros algunos de nuestros secretos más íntimos. Como, por ejemplo, la extraña relación que existe entre ambas, autora y protagonista. Este detalle fue muy importante a la hora de determinar el perfil de Ada y de sus historias.

ADA LEVY Y YO... UNA EXTRAÑA RELACIÓN

Antes de nuestra primera novela, mi personaje y una servidora firmamos un acuerdo: yo la ayudaría a alcanzar el equilibrio emocional si ella me ayudaba a mí a convertirme en una buena escritora. Este fue nuestro punto de partida, el inicio de un largo camino juntas. Desde aquel momento nos convertimos en una curiosa pareja: la escritora cargada de inexperiencia y el personaje roto e inestable.

A día de hoy, y tres novelas después de la firma de nuestro acuerdo, creo que puedo afirmar que Ada es un personaje algo más equilibrado que cuando empezamos y que yo estoy un poquito más cerca de convertirme en la escritora que siempre he querido ser. Cuando miro atrás y nos observo en el proceso de escritura de cada novela, me sonrío al comprobar lo mucho que dependíamos la una de la otra al principio.

En Cómo matar a una ninfa, Ada estaba dentro de mí, se nutría de mis vivencias e incluso calcaba la relación de amor que yo tenía con mi propia moto. Una relación tan exactamente igual que... ¡Hasta se quedó con su nombre! Chiquitina. Y se apropio de mis viajes. También de algunos de mis miedos.

Nuestra primera novela juntas está llena de inexperiencias, las de Ada y las mías, pero me permitió aprender un montón de cosas gracias a todas sus áreas de mejora.

Cuando me senté a escribir El juego de los cementerios, Ada ya no estaba exactamente dentro de mí. Se convirtió en una pequeña siamesa que aún se alimentaba de mis tripas pero que, de cuando en cuando, me hablaba. Me contaba qué necesitaba y, a veces, me ayudaba a darme cuenta de algunos de mis errores. (Nota mental: espero que todo el mundo entienda que hablo en modo metafórico). En nuestra segunda novela juntas, empecé a usar por primera vez las propias sensaciones de Ada y a viajar en moto con la mente puesta en mi pequeño y destartalado personaje. Ella crecía a nivel emocional y yo aprendía cosas nuevas en el proceso.

Foto: Carlos Hernández
Foto: Carlos Hernández

Por suerte, ambas cumplimos desde el principio con nuestra parte del trato y esto propició que acabáramos convirtiéndonos en seres diferentes. De pronto, un día, cuando ya estaba inmersa en la escritura de La fractura del reloj de arena, me di cuenta de que, por fin, yo hacía de escritora y Ada, de personaje independiente. Ya no la sentía como un parásito. Desde el principio de su nueva historia, se sentó a mi lado y se comportó como una compañera de viaje, una figura ficticia que me pedía lo que necesitaba desde la historia misma, no desde lo más profundo de mis entrañas. Lo pasé realmente bien escribiendo La fractura del reloj de arena gracias a que Ada había tornado en lo que yo siempre quise que fuera: un personaje eternamente imperfecto envuelto en una constante búsqueda de la felicidad.

Foto: Javier Oliaga
Foto: Javier Oliaga

Hoy puedo afirmar que quiero y odio a Ada a partes iguales. He disfrutado con ella muchísimo. A veces, también he querido matarla. Pero eso es bueno porque ahora sé que, la meta en el lío que la meta, el resultado será el que ambas, yo como escritora y ella como personaje, necesitemos.

Prometo seguir contando cosas sobre Ada.

Prometo seguir escribiendo historias para ella.